Médico, biólogo, 24 papers publicados, un libro, tres premios, 16 ponencias en congresos internacionales, una esposa y un hijo de tres años: el currículum de Damián Refojo, 36 años, es impresionante por donde se lo mire. Y como si fuera poco, acaba de recibir una nueva ampliación después de resultar ganador de la beca del Programa de Formación de Jóvenes Investigadores que llevan adelante el Ministerio de Ciencia de la Nación de la Repúlica Argentina, la Sociedad Max Planck de Alemania, el Conicet y la Fundación Volkswagen. Con la seguridad que le dan los cien mil euros de financiamiento que recibirá y el hecho de saber que dirigirá por cinco años un equipo de investigación joven en Munich, Refojo podrá enfocarse en el tema que lo apasiona: la biología del estrés. “Los seres humanos no estamos preparados para soportar las permanentes tensiones de la sociedad moderna”, dice este científico que en 2014 volverá al país para continuar sus investigaciones en el Instituto de Ciencias Biomédicas de Max Planck, que funcionará en el Polo Científico en las ex Bodegas Giol.

–¿Cómo maneja el organismo el estrés?
–El cerebro tiene un sistema complejo no localizado en una única región que permite que el organismo se adapte a una situación estresante. Todos los seres vivos precisan de él para decidir rápidamente entre luchar o escapar ante un evento amenazador. Un choque o cruzar una calle donde el semáforo no funciona son situaciones de estrés donde el cuerpo se adapta para responder fisiológicamente. Ese estrés es un tipo de estrés agudo que puede durar dos minutos. Es el mismo estrés que utiliza una cebra para escapar de un depredador. El problema aflora cuando esas situaciones de tensión, como la presión continua de un jefe o la presión social por tener trabajo o el tránsito porteño, por ejemplo, se prolongan indefinidamente.

–Se convive con el estrés.
–Claro. El problema en las sociedades actuales es que no nos adaptamos al estrés crónico, un fenómeno reciente. Estamos activando un sistema que no está preparado para eso. Sucede algo similar con los trastornos metabólicos: el cuerpo no está preparado para ingerir la cantidad de calorías que consumimos.

–¿Y tanto estrés daña el cerebro?
–Absolutamente. De todos modos, hay una interacción entre lo genético y lo ambiental. Dos personas que trabajan en la misma oficina, una al lado de la otra, con un mismo jefe pueden sufrir el estrés de distintas maneras.

–¿Existe algún vínculo entre estrés y enfermedades neurológicas?
–Nuestras investigaciones indican que está muy clara la correlación entre estrés crónico y el desencadenamiento de síntomas depresivos.

–¿Y cómo se investiga esto?
–Uno puede centrarse en una familia de moléculas que ya se sabe que están involucradas en este proceso o analizar todas las moléculas disponibles para encontrar nuevos actores. Yo trabajo con ratones transgénicos y cultivos celulares, pero hoy en día hay metodologías que nos permiten acompañar nuestras investigaciones en humanos.

–¿Qué ocurre en el cerebro de una persona con estrés?
–Primero se activan ciertos tipos de nervios en la periferia del cerebro y ciertas hormonas tienden a que el cuerpo se adapte a esa situación: que aumente la frecuencia cardíaca, que la sangre se redirija hacia los músculos y no al sistema gastrointestinal, o sea, el cuerpo se adapta a una situación de lucha o huida que uno puede imaginar en cualquier calle de Buenos Aires. Al mismo tiempo, hay un correlato conductual. Si queremos pelear vamos a necesitar una serie de “programas” de agresión tanto innatos como adquiridos que van a condicionar nuestra respuesta.

–O sea, lo que sugiere es que cualquier persona, por más pacífica que sea, en una situación de estrés se vuelve agresiva. ¿No?
–Siempre hay una conducta agresiva innata. Pero en nuestro caso está esculpida por la cultura.

–¿Y hormonalmente qué sucede?
–Se libera una cantidad de hormonas llamadas glucocorticoides y de adrenalina que ejercen efectos sobre el sistema nervioso central y modulan conductas como la agresión, la huida, y que influyen en la memoria. Por eso ante un evento muy traumático muchas veces uno no recuerda lo que pasó, quién era el agresor, cómo era.

–¿Y qué no saben?
–Por ejemplo, la manera en que las neuronas modifican su capacidad de interconectarse, la sinapsis. Se sabe ahora que estas conexiones se modifican por la experiencia y a lo largo del desarrollo. Una de las hipótesis es que el estrés altera la función de la sinapsis o incluso la elimina definitivamente. Los mecanismos moleculares a través de los cuales esto ocurre son desconocidos. Precisamos conocerlos para desarrollar medicamentos más eficaces.

–¿Y estos conocimientos le ayudaron a manejar sus situaciones de estrés? ¿Tiene algún secreto?
–La frase que dice “No hay peor paciente que un médico” es totalmente cierta. No importa cuánto sepa sobre el estrés; lo sigo sufriendo igual. Nuestra sociedad impone límites que tarde o temprano son evidentes: infarto, colesterol alto o una esposa que te dice “Hasta la vista, baby”.

Critica Digital, septiembre de 2008, nota completa clic aquí