Después de Dios, la mano del hombre, “Al paciente se le cura, no se le maltrata”

Manos mágicas. Es el huesero más conocido de La Huaca, distrito de Paita. Don Pedro Saldarriaga Villaseca, a sus 93 años no ha perdido el encanto de sus manos para seguir “componiendo” a las personas. Rupturas, fracturas, aberturas de carne; son algunas de sus especialidades. Muchas personas llegan desde lejos en su búsqueda. Piensa que la tecnología trae avance a la sociedad, pero atraso en los sentimientos. La vocación le sale del corazón. La sapiencia, de familia. Y el que las personas se sanen, sólo es cuestión de fe.

Cinthya Alban Espinoza

Son las 10.30 de la mañana. La señora Natalia llegó desde Las Lomas con su hijo. El joven se ha sentido mal de la espalda y desde su tierra ha llegado en busca de don Pedro, quien es conocido en La Huaca, como el huesero. No les es muy difícil dar con la casa. Todas las personas en el pueblo conocen al señor Saldarriaga. Llegan a la vivienda y después de unos minutos pueden encontrarse con él.
El método que emplea don Pedro Saldarriaga para llegar a su paciente, es el mismo que le enseñó su padre, quien también era huesero. Comienza a platicar con sus pacientes. La pregunta que no puede faltar, es de dónde viene. Ello porque día a día llegan personas de diferentes lugares de la región, e incluso de otras partes del país. La conversación va entrando en confianza y don Pedro quiere saber en qué trabaja el joven y cuándo empezó el dolor. “Es muy importante conocer un poco el porqué de la fractura. Las razones influyen mucho”, explica con una sonrisa escondida. Luego conversa un poco de diferentes temas. Cuenta anécdotas de su pueblo y finalmente ingresa el paciente al dormitorio donde empezará a trabajar.
Es así como transcurren los días para don Pedro, quien a sus 93 años no tiene el cansancio para abandonar su trabajo. No hay día, ni hora que las personas no lleguen a su casa por alguna fractura. “No tengo hora exacta para levantarme. Los pacientes llegan hasta en la medianoche y uno cuando se entrega a su profesión por vocación, sólo cumple con ella”.

La mejor de las herencias
Su padre tenía el mismo nombre, Pedro. A la edad de 10 años, don Pedro (hijo), junto a su hermana, Carmen, eran ayudantes de papá. Día a día fueron aprendiendo el trabajo de su progenitor. Sobre todo, aprendían que el curar a las personas, se hacía de corazón. “Mi padre era muy prodigioso en los huesos. Era un traumatólogo empírico. Aprendimos mucho de él. Cuando nos enseñaba, nos explicaba que debemos curar al paciente. No maltratar”, cuenta.
Es por ello que el señor Saldarriaga, tiene la fama de curar sin dolor. Al momento de la sesión –como llama a cada cita- conversa con las personas y ahí las va curando. El paciente, no siente dolor alguno. Afirma, que todo es cuestión de tacto. Que la facilidad para “componer” a la gente, se desarrolla con la continuidad y buena fe.
Es el padre más consentido. Cuando despierta, encuentra al pie de su cama sus sandalias de cuero bien lustradas, su ropa planchada. Sus hijas le llevan el desayuno a la cama. Tratan de complacerlo en todo y que él sienta el amor que le tienen. No descuida a sus pollos, gallinas y gallos. Es un abuelo consentidor y demuestra el cariño a las personas que le rodean.
Sus ojos marrones muestran seguridad. Su lento hablar trasmiten sabiduría. No pierde oportunidad para regalar sonrisas y en toda conversación, pone un poco de humor. Trata de reírse de la vida, para que la vida no se ría de él. Su frente ancha y media calva, son la prueba de lo mucho que ha vivido y cada marca en su rostro le recuerda las alegrías de sus años mozos.

Temores
A pesar que recorrió mucho en la vida y ha salido adelante ante las adversidades que ésta presenta; don Pedro le teme mucho a la muerte. Sonríe con seriedad y miedo, e indica que la muerte es el castigo de la vida más triste que Dios pudo dar. Sus ojos se entristecen y la mirada se le pierde. Ya no tiene ánimos de bromear. Recuerda la pérdida de sus tres hijos y su esposa. Prefiere cambiar de tema antes que la voz se le quiebre por completo. “No es justo que las personas tengamos que morir. Dios nos hubiera quitado los sentimientos y no sufrir por las pérdidas de nuestros seres queridos”, narra con las manos inquietantes.
Sus 3 hijos, son su orgullo. Sus nietos, su felicidad. Las personas a quienes más quiere en la vida. Por quienes en cada amanecer, debe despertar.

A la modernidad
Al huesero de la ciudad no le gusta mucho la tecnología. Explica que a pesar de los grandes inventos que nos facilitan mucho la vida, éstos también la destruyen. Que nos llevan a un desarrollo tecnológico pero a un retraso sentimental. “Las personas están más dedicadas a la televisión, la radio, la computadora; y se olvidan de la familia. Ya no prestan atención a sus hijos. Se olvidan de la comunicación. Del amor. De los sentimientos”.
Inmediatamente, sin que él se dé cuenta, regresó a su pasado y como quien describe una imagen comienza a relatar su vida pasada. “Nosotros dormíamos con la puerta abierta. No había ni traviesos ni zancudos que entraran a la casa. Comíamos bien. La situación era mucho mejor. Hoy se sufre. La vida es más cara”, señala.
Le entristece ver cómo su pueblo se ha transformado. No duda en decir que estaba mejor años atrás, con viviendas de adobe y sin luz eléctrica. La fe de las personas y la confianza en ellas, brillaba aún más. Sin embargo, agrega, hoy en día la maldad reina. Y la ambición por el poder, destruye a las personas. Se ríe de la política de su país y le avergüenza los gobernantes de su tierra. Pero no pierde la esperanza, que el amor por los suyos y la fe que las personas tienen en él, no se lleguen a destruir en este juego que llaman “sociedad”

El tiempo, Perú – enero de 2009 – nota completa